1956—Metamorfosis de un bravucón (Español)

1956—Metamorfosis de un bravucón (Español)

Decían que había bajado de un barco pesquero y era un gran peleador callejero—un hombre joven de seis pies de alto con la predilección de golpear pachucos. Su mal índole comenzó a notarse cuando entró a una cantina un día y miró al viejo Tejano de nuestro barrio tomando cerveza. Al momento, le dijo al hombre de mayor edad —Hey tú, este no es lugar para viejos arrugados. ¡Muévete!

—Cuidado con su boca, mocoso —le contestó el Tejano, el cual tenía edad de ser su padre.

—Dije que te muevas. Tú estas sentado en mi lugar.

—¿De veras? Yo no miré tú nombre escrito en la silla.

—Tú no necesitas ver mi nombre. ¡Quítate!

—Vete a molestar a otro y déjame gozar mi cerveza —dijo el Tejano, y se volteó a tomar su cerveza.

El joven marinero no dijo nada más y le dio un aventón que lo mandó fuera de su silla. Inmediatamente, una pelea a puños se soltó entre los dos, pero fue muy corta. El joven marinero le dio un golpe fuerte en la cien que lo mando inconciente al suelo. Aun no satisfecho, fue y le dio una tremenda patada en la cabeza con el pico de sus botas.

El próximo día, el vaquero Tejano despertó en una cama del hospital, su cabeza toda vendada e hinchada. El doctor le preguntó que le había pasado, pero el no podía recordad nada. Triste de decirlo, el nunca se recuperó del ataque bruto. Perdió la mente y murió dentro de pocos días. Que lástima. El era el tejano orgulloso que todos conocían. La gente estaba impuesta a mirarlo montado en su carreta de dos caballos por las calles polvorosas de nuestro barrio, y con la cabeza alta. Se podría decir que verlo era recordar los tiempos del viejo oeste—ahora una escena que nunca más se miraría.

 

Era una mañana callada de diciembre. El aire del este sopló con la frescura de los días tempranos del invierno, y el sol anaranjado en el oeste subía para darle un toque calientito a la mañana fresca. El edificio vacante de ladrillo a través de la calle, el cual era tan gris como la mañana, lanzó una sombra larga hacia la calle vacía. Saliendo de la entrada de coches, oí una conmoción a mi izquierda. Volteé y miré un grupo de jóvenes que apenas habían llegado al edificio de ladrillo. Se oían alborotados. Me entró la curiosidad y fui a la esquina de la tienda. Desde allí los miré formando un círculo alrededor de dos tipos que se medían uno a otro. Uno de ellos era el joven marinero. Para ahora, su notoriedad se sabía por la golpiza que le puso al Tejano y causándole la muerte. Lleno de confianza, flexionó los músculos para demostrar su superioridad, y en preparación para la eliminación de otro fulano.

Sus rasgos de facción eran bastante para intimidar a cualquiera: Tenía una cabeza grande, llena de pelo, grueso, ondulado, negro, y despeinado; su nariz era redonda y fuerte con sus grandes orificios abiertos; y su sonrisa siniestra demostraba dientes cafecillos y fuertes.

Era bueno para detectar el miedo en sus contendientes. Por consiguiente, miró al joven pachuco, y le dio una sonrisa maliciosa. Inmediatamente, los tipos en el grupo comenzaron hacer apuestas.

El joven pachuco no era nada contra su oponente; estaba mas chico de estatura y nervioso. De todas maneras, había sido provocado y no tenía otra más de pelear por su honor y orgullo. La única esperanza que tenía era dar algunos golpes… y eso era todo.

Hubo un alboroto instantáneo cuando el marinero levantó sus brazos fuertes. Dio unos saltitos y disimuló un golpe para calcular la distancia de sus brazos hacia su oponente. Como es lógico, el pachuco reaccionó a protegerse las costillas y cara.

El pachuco tiró unos golpes inservibles al marinero, y pronto se cubrió cuando miro un puño que le venía a su cara. Un puñetazo izquierdo fuerte pasó sobre sus brazos y le pegó arriba del ojo. Tomó unos pasos hacia atrás atarantado. Luego un cruzado derecho le pego en la mandíbula, y sus rodillas se le flaquearon. Un gancho izquierdo al estomago lo sorprendió, y dio un gruñido agachándose hacia adelante. —¡Descuéntalo! —alguien gritó—. Esta vez un fuerte derechazo cruzado le pegó en la cien y se fue al suelo.

El marinero se paró sobre un lado de su cuerpo con una sonrisa diabólica. Hizo su cuerpo grande y lo tamboreo como gorila. Un grupo de aduladores saltaron alrededor de el gritando eufóricamente —¡Descontón! ¡Descontón! ¡Te lo descontaste Descontón!

Un amigo del pachuco inconciente se agachó a chequearlo. Le sacudió la cara y lo cacheteó pocas veces hasta que comenzó a responder. Cuando abrió los ojos, no sabía que fue lo que pasó. Sus ojos estaban vidriosos y fuera de orbita. El amigo movió un dedo en frente de su cara y sus ojos no se movieron. Un chinchón rojo le comenzó arriba del ojo izquierdo.

—Ve a la tienda por un bistec de carne y pónselo sobre el ojo —ordenó el marinero al joven. Alfredo había estado mirando la conmoción detrás del mostrador de la tienda, y cuando vino el joven a pedirle la carne, el sonriendo se la dio.

Desde ese día, el marinero obtuvo un nuevo nombre: El Descontón.

 

EL AUTOBUS paró en la esquina de la tienda y Descontón bajó hablando fuerte a otro joven que venía atrás de el. Luego, tan pronto como el joven tocó suelo, Descontón se le aventó. El joven trató de defenderse, pero Descontón lo golpeó fuerte en las costillas, y se calló de rodillas. Descontón estaba por terminarlo con sus botas, pero las mujeres bajando del camión se le dejaron ir pegándole con sus bolsas. —Déja ese joven en paz, ¡muchacho plebe! ¿Qué no tienes otra cosa que hacer? ¿Por qué no te pones a trabajar? —las mujeres le gritaban.

Descontón retrocedió al tiempo que las bolsas le llovían en los brazos, y luego se fue. —Bah —bufó a media calle—, tú no eres nada. Yo te agarro a cualquier hora que quiera. Mira—se izo el pecho grande y se golpeó el estómago con sus puños—aquí me cabes, maldito.

 

CAPITULO 9—Adios

1956—La salida de María

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