1956—Cumpleaños humoroso (Español)

1956—Cumpleaños humoroso (Español)

Image:Carmencita 02.jpgLunes 7, una semana después del Año Nuevo, fue mi cumpleaños y pensé celebrarlo con fuego y humo. Apenas había cumplido los 9 años, y ya me sentía un hombre. (Especialmente ahora que nuestros padres se habían ido, dejando Alonso y su esposa, Sandra, en cargo de la casa y de nosotros los mas chicos de la familia—Jacobo, Roberto, y yo.)

Después de esperar ansioso a que la escuela terminara, paré en la tienda a una cuadra de nuestra casa y compré un paquete de cigarros. Los más baratos eran los Carmencitas y Faros. Como nomás tenía 25 centavos, opté por comprar Carmencitas por 10 centavos (los Faros costaban 15 centavos) y dulces. Luego, pedí una cajita de fósforos gratis. Durante todo esto, el dueño de la tienda no preguntó nada, el nomás me dio lo que pedí y tomo el dinero.

Al llegar a la casa, me dirigí al cuartucho atrás de la ramada. El interior del cuarto estaba sin terminar y se usaba para almacenar cosas, lo cual era un lugar perfecto para celebrar solo. El sol alumbraba por una ventana trasera y mantenía el cuarto calientito y cómodo. Adentro encontré unas cajas en el suelo repletas de cuentos (magazines de cuentos ilustrados o en caricaturas), así que me senté a un lado, prendí mi primer cigarro, y tomé una chupada teniendo cuidado de no inhalar el humo.

Con el cigarro colgando de mis labios, busqué en las cajas un cuento de caricaturas para leer. Para mi decepción, todas eran novelas de romances. Sin tener otra alternativa, tomé uno al azar y comencé a leer. Para mi suerte ya podía leer más o menos bien, así que me acomodé bien y di otra chupada a mis Carmencitas. Luego sosteniendo el cigarro entre los dientes, comencé a leer mi primer libro de romance. Era una historia de muchachos y muchachas en la universidad de la ciudad de México.

De repente la puerta abrió. Como un relámpago, aventé el cigarro al suelo y lo aplasté con el zapato. En eso, Roberto (edad 11 años y Hermano Número 11) entró. No obstante, el no me miró cuando yo pretendía leer una novela de amor. Roberto olfateó el aire y estrechó los párpados al tiempo que seguía las colas de humo que cruzaban a través de los rayos brillantes del sol que entraban por la ventana. —¿Qué haces allí? —preguntó cuando al fin me encontró en la esquina.

—Nada.

—No te hagas tonto. Yo se lo que haces—¡estas fumando!

—No, no es cierto.

—Si, yo se que si. Déjame ver. ¿Dónde están los cigarros que fumabas? Más vale que me des uno o le digo a Sandra.

—Está bien.

Le di la caja de Carmencitas y los fósforos. Roberto no esperó explicaciones de su hermano menor y prendió un cigarro. Tomó una soplada y al instante su cara comenzó a ponérsele morada. Sus ojos se le llenaron de lágrimas y estaba ahogándose. Luchando para resollar, salió de la puerta tambaleándose y yo lo seguí, asustado sin saber si se iba a caer redondo o que. Afuera, se agarró de la pared sudando, resollando, y luchando para no caer de cara al suelo. Parecía que todo alrededor le daba vuelta. Cuando al fin logró tomar una bocanada de aire, se tambaleó hacia la casa murmurando cosas de que le iba a decir a Sandra y ella le diría a mamá—como si ella todavía estuviera en casa con nosotros.

 

 

Nunca supe que tanto extañaba a mamá hasta el día que miré el retrato de nuestra familia en la pared. Una lagrima rodó por mi cara. Papá ya tenía tiempo que se había ido, y ahora nuestra madre. El que probablemente sufrió mas fue Jacobo por la razón de su enfermedad. Nadie podía entender la razón de sus involuntarios movimientos de su cabeza. Nadie sabía que eran causados por una neuropatía fuera de su control. Alonso, quien estaba siempre ocupado trabajando en el taller era muy joven e ingenuo no nomás para hacerse cargo de nosotros, pero también para entender la enfermedad de su hermano chico. A veces era muy cruel con el. El quería corregirle su enfermedad gritándole que no moviera su cabeza mucho.

Una ves Jacobo estaba comiendo y meneando la cabeza, y Alonso lo tomó del pelo y le gritó que parara. Jacobo no podía responder. Sus ojos se le llenaron de lágrimas. Esto causó a Alonso que se enojara mas, pero Sandra intervino. Llena de compasión le dijo con su voz suave —Por favor, déjalo. El está muy chico. El no sabe lo que le pasa. ¿Qué no miras que no se puede ayudar el mismo? El no lo hace a propósito.

Alonso se dio cuenta de lo que hacía y paró.

Otro tiempo Jacobo cruzaba la ramada y accidentalmente pisó un barrote con un clavo de fuera. El clavo atravesó el zapato y se atoró en el hueso. Sandra, otra vez llena de compasión, le sacó el barrote y clavo. —Fue espantoso —después le dijo a Alonso—. Yo podía oir el clavo rechinar al momento que salía del hueso.

Jacobo sangró bastante. Triste de decirlo, la única atención medica que recibió fue alcohol y bastantes vendas de trapo para pararle la sangre.

 

1957—El fin

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