1955—Sacrificio de una madre (Español)

1955—Sacrificio de una madre

La puerta de la cocina abrió y Máximo de 13 años de edad entró (Hermano Número 9). Estaba respirando excitado. —Amá —dijo entre respiros—. —Si mi’jo —Maria contestó atrás de un montón de trastes sucios. Máximo descargó los libros sobre la mesa. —¿Puedo ir al cine? El Cucuchi me va a dar cincuenta centavos y el otro Cucuchi me va a dar otros cincuenta centavos para poder ir con ellos. ¿Puedo ir al cine? —No, mi’jo. Hoy no es domingo. Toma una escoba y barre el frente del porche antes que tu padre sepa que viniste a la casa y no hiciste nada—. Esas fueron suficientes palabras para hacer que Máximo se desapareciera.

Ahora Leonardo de 16 años entró. —Amá —dijo—. —Si mi’jo —contestó ella, secándose las manos en el mandil y luego pasándose el trapo sobre la frente—. ¿Porque nunca paras de trabajar? ¿Qué no te cansas? —dijo Leonardo—. —Por supuesto que si, mi’jo, pero ahí bastante trabajo que hacer cuando se tienen catorce hijos—. —Bueno, yo pienso que tú habías de tener tiempo para descansar. Todos nosotros trabajamos y al fin del día descansamos. Pero tú, mamá, tú nunca paras—. —Yo se, mi’jo. Pero ustedes tienen que comer… y yo cocino y lavo trastes. Ustedes trabajan… y yo lavo la ropa sucia. Tus hermanitos se ensucian… y yo lavo sus ropas. Y si descanso… el trabajo se me amontona—. Leonardo movió la cabeza y dijo —Lo siento, mamá. Tú haces mucho por nosotros.

María tomó pausa. —Hoy Máximito me preguntó si lo podía dejar ir al cine —dijo al tiempo que empezó a secar y guardar trastes—. —Pero no se que piensa este muchachito. Hoy todavía no es domingo, y hay bastante trabajo que hacer alrededor de la casa. Si lo dejo ir, tú padre se podría enojar mucho.

—¡Bah! Máximo corre a la calle a esconderse del trabajo —Leonardo mofó—.

—Yo nunca e estado en un cine —dijo María con un suspiro—. Yo quisiera un día ir a ver que hay adentro de los cines. ¿Es cierto que están acondicionados, mi’jo?

—O, si, mamá.

—Dime más.

—Las películas te sacan de este mundo, mamá. El otro día miré una película acerca de la revolución. ¿Sabías que las mujeres pelearon en los campos de batalla junto con sus hombres? Se cruzaron sus pechos con cinturones llenos de cartuchos y pelearon como hombres. Y cuando los hombres iban al campo de batalla, ellos cantaban a sus madres, ¡Adios Mamá Carlota! !Adios! !Adios! !Adios!

—¡Ay, mi’jo! Como quisiera algún día mirar una de esas películas. ¿Piensas que tú me puedas llevar algún día?

—Seguro que si, mamá, nomás dime cuando.

—O, pues no se, hijo. Tendría que preguntarle a tú padre primero.

—Mejor olvídate.

 

En la temprana mañana de 1955, yo estaba en el callejón con mis hermanos Roberto y Jacobo y otros dos muchachos del barrio. Elizar era de 7 años (mi edad) y Gabino de algunos 9 (edad de Roberto). Había dos muchachas con nosotros. Ellas vivían en las cuarterías. Sus edades eran de 7 y 8. Jugábamos un juego llamado “Pegar la roña.” Cada uno de los muchachos tomábamos turnos persiguiendo a una de las muchachas tratando de tocarlas. Mientras tanto, la otra muchacha estaba parada a un lado del cerco contando hasta el 10. Si durante este tiempo el no lograba tocarla, entonces se regresaba al fin de la línea. Pero si la muchacha era tocada, ella se regresaba al cerco y la otra muchacha tomaba su lugar.

Había mucho tocar, reír, y esperar el turno. Finalmente, mi turno vino de moverme al frente, y comencé a bullirme de emoción, excitación, y anticipación. De repente, Elizar, quien estaba atrás de mí, me aventó afuera de mi lugar y tomó mi puesto. Ahora el era el que estaba riendo, sonriendo, y anticipando. Todo decepcionado, me regresé al fin de la fila a comenzar otra vez.

Sin embargo, Roberto miró lo que pasó y vino a mi enojado y me aventó afuera de la línea. Me fui volando con pasos largos para evitar caerme. —¿Qué pasa contigo? —me regañó—. ¿Vas a dejar que ese muchacho te aviente afuera de la línea? ¿Qué le tienes miedo? —. Mi cara se puso roja a como la sangre caliente me corrió a la cabeza. Apreté los dientes y los puños, y me lancé hacia el muchacho. Elizar miró mi furia y quedó tieso de pánico. En dos segundos, estaba sobre el dándola un puñetazo en la cara. El retrocedió, y yo lo seguí con una bola de rápidos golpes, cruces, ganchos a la cara, y ganchos al estomago. Ciego y poseído por la cólera (y con el diablo adentro), le tiraba tantos golpes que me resbalé en la tierra y me fui de boca al suelo. Escupí tierra y sangre. Esto me dio más coraje. Me levanté. Luego, lo seguí otra vez con una descarga de golpes sobre todo su cuerpo. El pobre muchacho asustado nomás siguió retrocediendo.

Las muchachas también quedaron espantadas—pensaron que me había vuelto loco.

Finalmente, se me acabó la fuerza y paré a tomar aire. Luego me di cuenta que había tenido mi primera pelea. Fue algo mágico. Y, que se sintió bueno. Mi contrincante estaba mayugado y espantado. El nunca tuvo tiempo de aventarme un golpe. Sin decir nada, el y su amigo dieron vuelta y se fueron. Ahora tuvimos las muchachas para nosotros nomás.

 

1955—El primer grado

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