1951—La separación de Julián (Español)

1951—La separación de Julián

Dos hombres peculiares con sombreros de detective y trajes vinieron a nuestra entrada de autos. Uno era alto, rubio, anglo-saxón y de raza alemana. El otro era de piel café clara y mejicano.  En el momento que los miró, DJ pensó que algo andaba mal. Un gringo alto y un mejicano, ambos usando sombreros y trajes… mmm… no es buena señal, el pensó.

—Buenas tardes. En que les puedo ayudar, señores —les saludó DJ—.

—¿Es usted el señor dueño de estas propiedades? —preguntó el mejicano—.

—Si. Yo soy el dueño —dijo DJ saludándoles de mano—. Jesús Alcara a sus órdenes.

—¿Es Julián su hijo?

—Si. El es mi hijo. ¿Por qué? ¿Está el metido en algún problema, señores?

—Yo soy Chuck Shultz —interrumpió el gringo— soy agente del FBI, y este es Lorenzo Barrándas del servicio secreto de Mexicali—. DJ quedó desconcertado. El ya había oído del servicio secreto de Mexicali. No hacía mucho que el gobernador de Baja California había declarado guerra contra los traficantes y gángsteres de la mafia creando una fuerza elite que eran conocidos como los “Chemitas.” Muy pronto la gente les tenía miedo por el castigo o muerte que ellos les daban a los que apresaban. Tenían la fama de abuzar su autoridad. —¿Podemos tener una palabra con el? Necesitamos hacerle unas preguntas —dijo el FBI con acento gringo—. ¿Está el aquí?

Con la experiencia que DJ tenía con el gobierno, el militar, e influencia con el gobierno federal, el se sintió confidente. —Si, si está. Por favor, pásenle adentro y yo voy por el.

DJ acomodó dos pares de sillas de frente a frente. —Por favor, esperen aquí, señores, mientras que se los traigo. El está afuera trabajando en el taller.

Muy pronto DJ regresó con Julián (Hermano Número 3). —Este es mi hijo, Julián, señores—. Volteando hacia Julián, le dijo en voz baja, —Hijo, estos hombres son oficiales de la ley. Ellos quieren hacerte unas preguntas. Nomás contéstales sus preguntas y luego te regresas a tu trabajo.

El FBI extendió la mano. —Hola, Julián. Me llamo Chuck Shultz, agente del FBI, y este es Lorenzo Barrándas. ¿Como estas, hijo?

Julián frunció la mente. —Estoy bien, gracias.

Jesus-drybrushTomaron su sillas—padre y su hijo frente a los hombres de la ley.

—¿Que edad tienes, joven?

—Veintiún años.

­—Eres todo un hombre, ¿eh? Has de ser… mmm… cinco-once y ciento setenta y ocho libras.

—Correcto, con la excepción de que peso ciento setenta libras.

El FBI sonrió y volteó a ver al detective de Mexicali, y dijo, —No muy mal mi estimación, ¿eh? —. El detective mejicano siguió quieto.

—Julián —dijo el FBI—, ¿tu llevas por sobrenombre El Pasitos?

—Que yo sepa, no tengo sobrenombres, señor —dijo Julián secamente.

Al detective de Mexicali no le gustó su contestación y le respingó, —Di la verdad, muchacho. No estés mintiendo.

—Espera Lorenzo —dijo el FBI poniendo la mano en su brazo como parando a un perro que no mordiera al extranjero—. Yo no pienso que el mienta—. Luego volteó a Julián otra vez y dijo, —Julián. Yo se que tu dices la verdad. ¿Has estado en los Estado Unidos últimamente?…. Digamos ¿en los últimos doce meses?

—Si. Pocas veces.

—¡Muy bien! As estado en ¿Tracy… King City… o Manteca?

—No. Nomás como dos veces en Modesto y algunos pueblos alrededor de Sacramento—pero no en esos pueblos que me mencionó.

Otra vez el detective de Mexicali saltó de su silla hacia adelante para intervenir, pero el FBI puso una mano adelante y se le adelantó. —Dime… hijo, ¿has algunas veces vendido cocaína… o algunas otras cosas ilegales? —. DJ se recargo en su silla y se empujó su sombrero atrás manteniendo ojo al detective.

—No, señor. Yo ni siquiera se que es eso. Lo único que hago cuando voy a esos lugares es trabajar en los campos. Yo soy nacido en Estados Unidos, y voy a trabajar allí para ayudar a la familia.

El detective mejicano saltó la cabeza, y frunciendo lo miró de reojo. —Estas mintiendo —le ladró—. Tú no eres nacido en Estados Unidos.

Julián estaba todavía con la frente fruncida—el todo el tiempo fruncía la frente (probablemente había nacido con la frente fruncida)—y pensaba un poco. Luego, recordó algo de un tipo que había estado yendo allí. Mientras que el FBI esperaba pacientemente, el detective de Mexicali estaba que dudaba la nacionalidad de Julián. Ahora, más que nunca, quiso interrogarlo a su manera—a la Lorenzo. Esta vez se deslizó hacia adelante y estaba a punto de imponer su peso con una pregunta, cuando Julián dijo, —Si—. DJ hecho un vistazo a los dos hombres al tiempo que se quedaron quietos. —Recuerdo una ocasión caminando por la gasolinera cuando oí unos pachucos gritarle a un tipo, ¿Hey, Pasitos, a ‘onde vas? El Pasitos paró y les dijo que estaba por hacer otro viaje a King City. También recuerdo que tenía una manera chistosa de caminar. El caminaba con pasos rápidos y cortos, como un Chu-Chu tren. Yo pienso que por eso le llaman El Pasitos.

El FBI se rió. —¡Muy bueno! ¿Puedes decirnos donde lo podemos encontrar?

—Si. Hasta los puedo llevar allí yo mismo—. Ahora Julián sintió tener la situación bajo control, y todos se relajaron.

—Don Jesús —dijo el detective mejicano como muy serio—, ¿podemos pedirle a su hijo prestado?

—Seguro —luego volteó a Julián y le dijo—, Estás en buena compañía.

—Usted tiene un buen hijo joven aquí, señor —dijo el FBI sonriendo—. En el momento que lo vi, supe que era de familia fina. Usted a de estar orgulloso de el.

Julián fue en el carro con los dos oficiales al lugar donde El Pasitos vivía.

—Julián, tu nos as servido mucho, y te lo agradezco. Te llevaremos a tu casa ahora. Por favor mantén esto confidencial. No le digas a nadie que venimos a verte. ¿Está bien?

—Usted tiene mi palabra, señor.

—Dime… ¿tu mencionaste que eras ciudadano de Estados Unidos?

—Es correcto, señor.

—¿Entonces porque estas aquí? ¿Por qué no vas para atrás y trabajas en los Estados Unidos?

—Porque mi familia me necesita aquí. Todos trabajamos para sostener la familia.

—Si, pero en los Estados Unidos puedes ganar mejores salarios y estar en mejor posición de ayudar a tu familia.

—Lo he pensado antes, señor… pero es que mi padre me trajo a México cuando tenía dos años. El siempre a dicho que trabajar en Estados Unidos es estar trabajando para el mayordomo. Pero aquí en México tú eres tu propio jefe.

—Pueda ser. Pero tienes mejores oportunidades en los Estados Unidos.

 

LAS PALABRAS del FBI comenzaron a entrar a la cabeza de Julián. El gringo le plantó una semilla en la cabeza que le comenzó a germinar deseos de una vida mejor. Trabajando para su padre nunca había sido fácil. Le molestaba los constantes gritos, y el favoritismo que demostraba sobre algunos a costillas de otros. Estaba molesto por haber hecho a Lalo cargo del trabajo y de los hermanos. ¿Por qué no a mi? se preguntaba—hasta que un día izo la decisión.

En 1951, a la edad de 21 años, Julián decidió hacer lo mismo que Esteban había hecho. El dejaría la casa y se iría a los Estados Unidos. Viajaría al Imperial Valley y luego al Santa Clara Valley.

Cuando empacó, estaba muy feliz. Acomodaba los documentos de su nacimiento con cuidado y orgullo. Su acta de bautismo de Superior Arizona tenía una distinta filigrana que nunca antes había visto; era el emblema de una maravillosa águila con sus alas extendidas sobre una pareja sosteniendo a un bebé en sus brazos. Cuidadosamente la puso con el acta de nacimiento adentro de un sobre.

Después de empacar, se apresuró a la cocina donde encontró a su madre detrás de una pila de trastes sucios, y perdida en los pensamientos.

—Mamá —le gritó—.

María sobresaltó, sorprendida por la repentina entrada ruidosa del hijo.

—¡Ya me voy!

Un plato se le resbaló de sus manos y se quebró en el concreto del suelo. —¿Queee? Jesús mio, muchacho.

—Ya me voy de esta casa de locos… para siempre.

—¿Te has vuelto loco?

—No, madre. Ya no puedo soportar más los insultos de papá. Me voy.

María se estremeció y sintió que el mundo se le venía encima. —¿Pero porque, mi’jo? ¿Estas infeliz tanto así como para dejarnos? ¿Te hicimos algo y ahora ya no nos quieres?”

—No. No es ninguno de ustedes. Es mi padre. Necesito librarme de el. Necesito libertad de sus corajes y el favoritismo que demuestra a algunos de mis hermanos. Cuando estamos construyendo casas, el todo el tiempo favorece a Lalo… y hasta Alonso.

—Pero hijo, Lalo es mayor que tu. El mayor carga más responsabilidad… ¿que no sabes eso? Lo que tu padre hace es para el bien de la familia. No es muy fácil para el mantener la familia junta. Es una carga grande que el tiene que cargar.

—Ya he oído eso bastantes veces; es por eso que yo me e convertido en la oveja negra de la familia. Y por eso ya estoy decidido. No trate de convencerme de otra manera.

—¿Para a donde vas, hijo mio?

—Muy lejos. Lejos de esta casa. Lejos de mi padre.

—¿Y como piensas sobrevivir solo?

—Usted no se preocupes por eso, madre. Como Esteban, yo encontraré alguna manera. No estoy deshabilitado. Tengo dos brazos fuertes, y puedo hacer trabajo pesado. En el Otro Lado necesitan gente como yo. El agente del FBI me lo dijo. Yo puedo sobrevivir solo. Además, tendré dinero para mandarles.

 

JULIÁN empacó una bolsa con comida y se fue. Igual que Esteban, se dirigió hacia el Desierto Indio decidido a cruzar a pie. Después de cruzar Calexico, iba por un camino estrecho entre los campos de los ranchos cuando una patrulla del sheriff pasó zumbando. Adelante, las luces rojas se encendieron y dio la media vuelta. Ahora venía para atrás. Finalmente, bajó del camino y lo bloqueó.

Un oficial bajo y fornido saltó del auto. —¿A donde piensas que vas, mejicano loco? —el oficial ladró—. Julián no entendía mucho el idioma inglés, pero no lo necesitaba para leer el idioma de su cuerpo. Sin embargo, sabía las tres más importantes palabras para vivir en los Estados Unidos.

—Lookin’ forr worrk —le contestó

—¿Que? Aquí no hay trabajo para espaldas mojadas. Déjame ver tus papeles —le dijo de mala gana y tronando los dedos.

¿Paperrs? ¿Por qué? Sacó el sobre y sacó un documento. Lo estaba desenvolviendo cuando el oficial se lo arrebató. Luego el oficial empezó a examinar los documentos haciendo gemidos sospechosos. —Estos documentos —dijo el oficial escupiendo el suelo— no te pertenecen. Son propiedad del governo. Tu eres un espalda-mojada.

Julián sintió como si hubiera recibido un golpe entre los ojos. La disposición del oficial era ruda e impugnante. “No. Son míos,” le dijo lo mejor que podía con su inglés mocho y haciendo señas con las manos.

—¡Y yo digo que estos documentos no son tuyos! —le contestó el oficial reprochándolo. —¡Te los robaste! Pertenecen a un ciudadano americano, no a un grasoso que ni siquiera puede hablar inglés —apuntó hacia el camino—. ¡Vete! Vete al diablo antes que te arreste por traspasar y haciéndote pasar por a un ciudadano de Estados Unidos. No tienes ningún negocio aquí, grasoso. ¡Ahora, vete!

Julián no podía creer al tipo. ¿Que le pasaba? Por que tan enojado? ¿Por qué tan déspota? Aun así, el no se movió. Entonces el oficial dio la vuelta y caminó a su patrulla. Cuando habría la puerta, oyó a Julián que se acercaba.

—My paperrs —dijo Julián con su acento—.

El oficial se dio la vuelta rápida con pistola en mano. Se guareció tras la puerta, y apuntó la pistola a la cabeza de Julián.

—¡Alto, espalda-mojada! ¡Un paso más, grasoso, y te vuelo la maldita cabeza! —. Su mirada salvaje le espantó los diablos a Julián, y quedo tieso—sintió los oídos estirársele para arriba como queriendo volar al cielo y escaparse de ese maldito lugar infernal. No necesitaba traducción tampoco—el cañón de la pistola estaba entre sus ojos, esa era su interprete. El oficial se trepó al auto y se arrancó rápido dejando a Julián cubierto de tierra. Ahora ya no tenía prueba de ciudadanía. Y estaba que se moría de coraje.

A pesar de haber perdido sus documentos que tanto adoraba—especialmente el de la linda águila con las alas extendidas—Julián estaba determinado a recuperar su ciudadanía, y continuar su viaje.

Una hora mas tarde una patrulla pasó. Otra vez, la patrulla de repente paró adelante y dio media vuelta. Oh, no. Otra vez la burra al trigo, pensó el. La patrulla salió del camino bloqueándole el paso. Esta vez un oficial mas joven, alto, y delgado saltó del auto.

—¿A donde piensas que vas, joven?

—Lookin’ forr worrk.

—Ya veo… y ¿tienes papeles?

¿Paperrs? ¡Maldita sea! ¿Que estos gringos son paridos de la misma madre? —La migra se los llevó —le contestó de mala gana —. American citizen.

—¿Dices que un oficial de la emigración te quitó los papeles, y que eres ciudadano americano?

—Si.

—Ahora veremos —el oficial sacó un cuadernito de la bolsa de la camisa y una pluma—. ¿Como te llamas?

—Julián Alcara

El oficial llamó por radio a la oficina de emigración en Calexico. —Tengo a joven mejicano aquí que dice ser ciudadano americano, pero no tiene papeles. El dice que otro oficial le quitó sus papeles.

¡Skuaak! el radio izo sonido en espera de la respuesta.

—¿Cuando cruzó?

¡Skuaak!

—Probablemente hace dos horas, algo así. Anda a pié.

¡Skuaak!

—¿Como se llama?

¡Skuaak!

—Julián Alcara.

Un ¡Skuaak! Largo.

—¿Tiene una marca atrás del oído derecho?

¡Skuaak!

—Un momento. Voy a ver.

¡Skuaaaaaak!

—Ven aquí, Julián —Lo examinó atrás del oído derecho—. Si. Tiene un lunar chico… como del tamaño del punto de una pluma.

¡Skuaak!

—¡Confirmado! Déjelo ir. El es ciudadano americano.

¡Skuaak!

—10-4

 

AHORA SI Julián estaba en camino. El era ciudadano y nadie se lo iba a quitar. Siguió caminando rumbo norte y dejando atrás su familia. Se fue con el dedo gordo pidiendo aventones desde Calexico hasta el centro de California. Pasó por Los Baños, y caminó siguiendo los rieles. Cada oportunidad que tenía, decía las tres más importantes palabras que sabía… Looking forr worrk. En las noches durmió bajo los puentes—con hambre y frío.

 

1951— Valle de Santa Clara

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