1949—La tienda se cierra (Español)

1949—La tienda se cierra

Don Elías se sentía confianzudo. Ya tenían un año rentando la tienda y se sentía orgulloso y dueño. El se pensaba ser una persona de autoridad: bien informado de los bienes de propiedad, bien parecido, listo como un zorro, y bien versado en los asuntos de negocios. No tomo mucho antes que esa confianza empezara a desbordarse y estuviera dando opiniones legales a las mujeres de las cuarterías acerca de los derechos de inquilinos. Les dijo que si deseaban moverse, podían quedarse por tres meses sin pagar renta. —La ley dice que usted no tiene que pagar renta por tres meses antes que lo desalojen —les dijo—. Y desde luego, los inquilinos empezaron a fallar en el pago de la renta y desocupando cuartos después de los tres meses.

DJ no entendía que pasaba. ¿Porque el de repente fallo de rentas y de inquilinos desocupando sus cuartos? Frustrado, le preguntó a un amigo que era inquilino, y que era de confianza, porque estaba tomando tanto tiempo en pagar la renta. —¿Tu también estas planeando moverte sin pagar renta? —le preguntó—. Yo siempre e sido justo contigo y e esperado hasta que puedas pagar, pero ¿como puedo saber si vas a abuzar de mi confianza y hacer lo que otros inquilinos han estado haciendo?”

—Don Jesús —dijo el hombre, humilde por las palabras de DJ—, usted ha sido mi amigo desde hace tiempo, y se que es un hombre justo, por eso le diré que está pasando. Ya hace tiempo que Don Elías ha estado dando consejos a los inquilinos a no pagar renta por tres meses y luego desalojar el cuarto. Dice que bajo la ley tienen derechos de tres meses de ocupación gratis antes de dárseles aviso de desalojar el lugar.

DJ nunca había oído tal reclame ridículo. Antes que el coraje le brotara, dio vuelta y se fue sin decir nada. Sin embargo, el inquilino ya miraba fuego saliendo de su sombrero detective a como se dirigía hacia la tienda.

—¡Elías! —le gritó al entrar la puerta—.

Don Elías lo miró entrar con el coraje en la cara pero no se movió ni una pulgada. Estaba parado atrás del mostrador, su confianza completa, y picándose los dientes con un picadientes.

—¡Quiero que me desocupe la tienda inmediatamente! —le bufó—.

Don Elías tomo pausa, levantó la cabeza, y miró a DJ con la nariz en el aire. —¿Y que si no lo hago? —dijo con convicción grandiosa y su picadientes saltándole de sus gruesos labios.

—Lo pongo en la carcel —le dijo DJ secamente—.

—¡Ja! Pues solamente si tuviera su propia cárcel me podría arrestar —dijo Don Elías, sardónicamente—.

—Mire —dijo DJ acercándose al mostrador a mirarlo en los ojos—, le digo que se valla, o lo pongo en la cárcel.

—¡He! —dijo Don Elías burlonamente—. Usted no me puede hacer nada a mí.

Con eso estuvo. DJ estaba perdiendo el tiempo con un arrogante bufón. En lugar de estar discutiendo, se salió, se subió a su coche, y fue al Palacio de Gobierno. Una hora después una patrulla salió de la jefatura, levantó polvo a través del barrio, y dio vuelta alrededor de la esquina de la tienda. La patrulla paró en frente de las puertas con piedras volando en el aire. En un par de segundos, de las nubes de polvo salió un oficial de la policía. Entró a la tienda bruscamente, se acomodó un poco el grueso cinturón donde cargaba el arma en la funda, y clavó los ojos al sobresaltado Don Elías. —Le doy dos alternativas —le dijo con expresión seria—. Empaque ahora y desaloje mañana… o lo meto a la cárcel.

 

El próximo día Don Elías se fue.

 

1948—Criada a la orden

Leave a Reply